Shadit de la Luna Oscura

Ilustración DinA-4. Lápiz sobre papel.
Este cuento estuvo publicado en la antigua sección de relatos "El rincón del oyente" de la página web de Iker Jiménez, el periodista que presenta y dirige el programa televisivo Cuarto Milenio y también Milenio 3 en radio.

En la cara oculta de la Luna vivía Shadit, la más bella y enigmática criatura sobre todas las demás. Una vez se dijo de ella que fue más joven, aunque en realidad nunca tuvo edad; la dulce y a la vez amarga condena de la eternidad ataba su interminable existencia al universo mientras todo lo demás nacía y perecía siguiendo el orden natural de la vida.
Shadit solía descender a la Tierra cada noche para pasear descalza por los lagos, levitaba sobre las aguas sin apenas tocarlas, acariciando levemente la superficie. Vestía un traje de sombras y extendía su largo y enmarañado cabello negro cada anochecer pues de esa forma le prestaba al firmamento las estrellas que habitaban enredadas en su pelo. Se desnudaba entre la maleza de los bosques, arañando su piel de agua y cristal cada vez que el cielo se presentaba nublado. Celoso de hermosura, el dios del viento se enojaba a menudo con ella por restarle protagonismo, y en la oscuridad golpeaba su rostro del color del marfil, llamando con su silbido a los espíritus de la lluvia, que convertían la tristeza de Shadit en tupidas cortinas de lágrimas y llanto, despertando así en el planeta el olor de la tierra mojada.
El cuerpo de Shadit menguaba, crecía y volvía a disminuir perpetuando un sincronización perfecta en cada ciclo lunar, pero una vez aquel ciclo se vio interrumpido por la llegada de un ser desconocido, una criatura que Shadit contemplaba cada noche a lo lejos con sus grandes ojos de plata. Tan solo podía verle en los primeros momentos de su reinado, antes que el gran gobernador del astro Sol efectuase su llamada a las puertas de su morada y se despidiera de ella con su cálido abrazo en el atardecer.
A Shadit le bastó el ínfimo instante de cada noche para despertar su curiosidad por aquel ser; era como una luciérnaga sin luz que a sus ojos comparaba con una tímida estrella de su largo y oscuro cabello. Decidió preguntar a las tranquilas aguas de los lagos y a los animales que en ellas habitaban, pero ninguno de ellos le conocía; también habló el antiguo y milenario idioma de los grandes árboles y de las flores que crecían entre las rocas y la abrupta estepa, mas no supieron contestar. Pensando que los elefantes presumían de mucha memoria y una larga vida les interrogó también a ellos, pero no obtuvo información que le sirviese; cavilando que los búhos eran sabios y muy observadores volvió a formularles su cuestión, pero ellos no respondieron, ni tampoco los murciélagos ni demás criaturas nocturnas.
Finalmente se rindió al caer un atardecer, después de tres días durmiendo y tres noches despierta, hasta que Luaxanhiran, un lobo que tenía guarecida a su camada en una remota cueva de las montañas, despertó de su sueño porque los pensamientos de Shadit eran tan fuertes y audibles que le fue imposible poder descansar.

—¿Por qué estáis tan inquieta? —le preguntó el lobo— Piensa tan alto vuestra conciencia que me ha desvelado, esa incertidumbre es tan atroz e insoportable que cualquiera de mis aullidos a vuestra Luna que tiembla es menor que un susurro de vuestros labios inmortales —le expuso.
—He avistado a una criatura cerca de las aguas de este lago, alguien que no había visto jamás, y deseo conocerla —le explicó aturdida, esperanzada en que Luaxanhiran pudiera consolarla o prestarle su ayuda.
—¡Oh, bella e inocente Shadit! —suspiró Luaxanhiran— No creo que debáis conocer a esa clase de criaturas, su raza es despiadada bajo la apariencia inocente que enmascara sus cuerpos —le aconsejó—. Acaban con la comida de nuestras proles y luego nos culpan de amenazar a sus familias; caminan sobre dos patas y no son muy ágiles, se valen de otros animales dóciles para correr más deprisa; utilizan en la caza armas afiladas que ellos mismos elaboran y las empuñan con sus patas delanteras porque no están dotados de buenas garras; tampoco están capacitados de gruesas escamas o cabellos resistentes por lo cual despellejan a otros animales y usan sus pieles para protegerse del frío —describió, haciendo una breve pausa—. Y eso no es todo, he tenido la ocasión de constatar que no hablan ningún idioma reconocible, esas gargantas no aúllan ni graznan ni balan ni relinchan, solo emiten sonidos que no respetan la perpetua lengua de la naturaleza; pisan con sus pezuñas la tierra y destruyen todo cuánto se les interpone al paso —espetó el sabio Luaxanhiran.
—Aun así desearía conocer al menos a uno para juzgarlos por mi misma —le comentó Shadit ansiosa, esperando impaciente su respuesta.
—Son hombres y mujeres, todos ellos humanos —señaló Luaxanhiran—. Yo podría avisaros con mi aullido cuando me encuentre con alguno de ellos —se ofreció algo forzado, pero demostrando su lealtad.

No transcurrió mucho tiempo desde que mantuvieron aquella conversación cuando una noche clara y serena el aullido de Luaxanhiran clamó la presencia de Shadit. Ella, tan nerviosa como expectante por asistir al crucial acontecimiento, se acercó apresurada hasta el lugar, pero cuál fue su ingrata y trágica sorpresa al encontrar que aquella criatura, a la que los lobos catalogaban y calificaban de humano, le había arrebatado la vida de su servicial y fiel amigo Luaxanhiran. Una gran lanza de hierro le había atravesado el costado y la roja sangre se derramaba por la tierra, tiñendo de desdicha la escena así como el gris pelaje del lobo.

—¿Qué habéis hecho, fiera inmunda? —lloró escandalizada Shadit, postrando sus ojos llenos de ira en el humano— ¿Creéis que sois mejor ser que el que habéis matado? —se enfureció al contemplar a aquel hombre de melena castaña y vestido con la piel de un toro.
Shadit se arrodilló ante el cadáver de Luaxanhiran y acarició su ya fría figura mientras de sus mejillas resbalaron lágrimas de azúcar de caña mezclándose con la tierra y la sangre. El dios del viento llamó a los espíritus de la lluvia y de las tormentas, el cielo lloró junto a la princesa y desde aquel instante el aullido nocturno de los lobos a la Luna llena se convirtió en un ancestral ritual para anunciar la muerte de un camarada.

—La bestia me atacó y me protegí de sus dientes clavándole mi afilada lanza —alegó en defensa propia.
—No quería agrediros, sino conoceros —rectificó rabiosa—. ¡Maldito seáis, maldita sea vuestra estirpe! Viviréis con temor en mis noches cuando mengue y sufriréis el ataque de las fieras constantemente —le maldijo—. Que vuestros ojos no os dejen ver en la oscuridad más allá de vuestra última pisada y seáis tan débiles como vulnerables si no vais armados —se enfureció.
—El lobo es nuestro mayor enemigo, no podemos vivir en paz si él acecha —imploró clemencia y comprensión para que le retirase aquel duro castigo.
—No —le reprochó—. El hombre es enemigo del lobo, no al revés.

Y a partir de aquel entonces el hombre y el lobo quedaron rivalizados para siempre.
Los lobos aullaban cada noche a la Luna pidiendo protección frente a los humanos, sabiendo que sus manadas menguaban y sus bosques se destruían bajo la mano de aquel que a la vez que enemigo fue tan parecido a ellos: el hombre.

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